El regreso de los 33 mineros

Copiapó – El día del rescate de los 33 mineros de Atacama fuera del “Campamento Esperanza”, hace diez años, frente a la mina de San José, había ahí 3.500 personas, de las cuales 2.000 eran periodistas provenientes desde diferentes partes del mundo para cubrir el final de una historia que durante dos meses capturó la atención internacional.

Una década después, en medio de la pandemia y la crisis mundial de los medios de comunicación, las grandes coberturas periodísticas como esa parecen un recuerdo apasionante de otra era muy lejana.

La AFP desplegó afuera del campamento, instalado por familiares de los mineros, a una docena de periodistas y fotógrafos. Fue en ese lugar donde el entonces incipiente servicio de video de la agencia dio sus primeros pasos en América Latina.

A 800 km de Santiago, en el desierto más árido del mundo, se levantó una oficina con “todas las comodidades”: baño, acceso privado a Internet, escritorios y carpas para dormir.

“La organización fue difícil y estresante; peor que la de los Juegos Olímpicos y Mundiales”, recuerda una década después Martín Bernetti, jefe de fotografía de la oficina de Santiago, sobre el proceso que implicó el uso de maquinaria pesada para aplanar el terreno, la compra de los materiales; su traslado e instalación bajo el inclemente calor durante el día y el frío de las noches en el desierto.

La AFP tomó una decisión que a la larga sería clave en la cobertura: instalar en la mina a un equipo de prensa después de conocerse que los mineros fueron hallados con vida tras quedar atrapados a más de 600 metros de profundidad el 5 de agosto de 2010.

Fue un domingo, 17 días después del derrumbe que sepultó a los mineros y en momentos en que ya se perdía la esperanza, cuando desde el interior de la mina emergió el famoso mensaje: “Estamos bien en el refugio los 33”. Esta pequeña nota anunciaba al mundo que no se trataba de una tragedia minera más, sino del inicio de una épica de esperanza y superación inigualable.

Este “milagro”, en un pequeño y alejado país que celebraba ese año el bicentenario de su Independencia, reconfortaba también el alma de los chilenos, abatidos pocos meses antes –el 27 de febrero- por la devastación del potente terremoto de 8,8 de magnitud, seguido de un tsunami, que arrasó con pueblos enteros del sur de Chile, dejando más de 500 fallecidos.

Con la perspectiva en ese momento de que el rescate demoraría cuatro meses para terminar cerca de Navidad, la idea de mantener en el terreno a un equipo de prensa parecía una locura. ¿Tendríamos algo nuevo para para escribir cada uno de los días que estuvimos en ese lugar? Parecía imposible.

Así pasamos las fiestas patrias chilenas con , supimos de sus miedos, sueños e incluso de sus vaivenes maritales; asistimos al parto de “Esperanza”, la hija del minero Ariel Ticona que nació mientras su padre permanecía al interior de la mina; escribimos sobre el payaso “Rolly”, que llegó a la mina para entretener a los hijos, nietos y sobrinos de los mineros, y del cocinero Exequiel Rivera, que preparó y repartió papas fritas gratis en el Campamento Esperanza.

Acompañamos también a la familia de Víctor Zamora cuando se enteró de que su mujer estaba embarazada de una niña, como él soñaba, y esos testimonios en primera fila, de primera mano alimentaron nuestro “Diario de un minero”, el cual escribimos a lo largo de los dos meses más extenuantes de mis casi 20 años de trabajo en la AFP, cuando también estaba centrada en el cuidado de mi segundo hijo, entonces de sólo cuatro meses.

Llegamos a sabernos casi de memoria cada una de las historias de vida de los 33 y seguimos a diario -con alertas, urgentes y bastante precisión técnica- el avance y retroceso de las tres excavadoras que trabajaron en paralelo para hacer los túneles del rescate, que al final se realizó por el ducto perforado por la máquina modelo T-130. Contabilizamos los 33 días que tardó en realizarse la vía de salida y los 30 martillos de acero que gastó en perforar el pozo de donde emergieron los mineros ante la expectación de todo un país.

Y fue precisamente esa cercanía, fraguada con los protagonistas en largas jornadas en la mina al calor de un mate o un café, la que nos permitió el día del rescate acceder con facilidad a sus familias, y liderar una cobertura seguida minuto a minuto en el mundo, que aquel año admiró la forma “impecable” en que el gobierno del conservador Sebastián Piñera ejecutó el rescate, sin contratiempos y en menos tiempo de lo previsto: apenas 22 horas.

El día del rescate, cuatro periodistas de la AFP (dos de habla hispana, uno de habla francesa y otro de habla inglesa); seis fotógrafos y un videoreportero, apoyados por la oficina de Santiago, reforzada para la ocasión, así como los servicios editoriales en Montevideo y París, participaron directamente de la cobertura.

María Lorente, actual directora de la oficina de Buenos Aires y parte de ese equipo, recuerda la gran expectación de ese momento. “Era un ambiente de gran excitación. No nos bañábamos y apenas dormimos. Nos sentíamos parte de un gran película que nadie dudaba iba a tener un final exitoso”, dice sobre esos días en el desierto.

En medio de esa expectativa, con 2.000 periodistas que cruzaron el Atlántico o volaron horas para colocar sus carpas, tiendas de campaña o casas rodantes en un desierto remoto de un país que se dice en fin del mundo, fue que logramos obtener la primicia de quien sería el primer rescatado: Florencio Avalos.

En fotografía, tuvimos las primeras imágenes de los mineros cuando ingresaban a la revisión médica inmediatamente después de ser rescatados. Uno de nuestros fotógrafos se escabulló en el hospital de campaña montado al lado del lugar de rescate para obtener esas imágenes, una audacia que nos valió elogios hasta de nuestros competidores.

“Había mucha competencia, pero nos fue muy bien”, agrega María, sobre una cobertura que se calcula fue seguida por unos 1.000 millones de espectadores alrededor de todos los continentes y que por su impacto algunos hasta la compararon con la llegada del hombre a la Luna.

En ese ambiente, la carrera por contar con un entrevistado se convirtió en una feroz cacería. Moisés Ávila, actualmente jefe de redacción de La Habana y parte también del equipo hace 10 años, recuerda que la imagen en el campamento se asemejaba “a un gran mercado persa, con periodistas escogiendo a las familias como si se tratara de un producto”, aunque acota, siempre se respetó el ‘fair play’: con cada uno esperando ordenadamente su turno.

A Marina de Russé, periodista francesa que hizo la cobertura de video del rescate, aún le resuena la canción religiosa a la que se aferraban las familias en la vigilia: “Yo tengo un amigo que me ama, que ama, que ama; yo tengo un amigo que me ama y se su nombre es Jesús”.

Gaël Favennec, enviado a la mina para hacer la cobertura en francés, recuerda en un escrito que la tensión mediática explotó durante la salida del primer minero, cuando “cientos de fotógrafos, camarógrafos y reporteros rodearon la carpa de su familia para observar las reacciones de sus padres, tíos y otros familiares”.

Fue tanto el alboroto que la tienda se tambaleó y la madre de Florencio Avalos les gritó a los reporteros que salieran del lugar.

Una vez fuera, la tensión mediática se trasladó a los empobrecidos barrios de la ciudad de Copiapó, donde vivía la mayoría de los mineros, con una nueva cacería por conseguir una primera declaración tras dejar el extenso encierro, que incluyó jugosas transacciones económicas, en las que la AFP no participó.

Con el correr de los días, los propios mineros se declararon “hartos de la fama”, aunque poco tiempo después comenzaron a recorrer el mundo contando su maravillosa historia de sobrevivencia.

Pero la fama no duró mucho aunque su historia llegara a Hollywood.

Diez años después volvimos a hablar con cuatro de ellos, quienes denunciaron sentirse héroes caídos en el abandono y el olvido, afectados todavía por los traumas, pesadillas y enfermedades.

Paulina Abramovich
Jefa de redacción en la oficina de Santiago

 

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